4 SEMANAS

Hoy es 1 de mayo del 2020, día del trabajo. Ese trabajo que se ha visto tan modificado en unos y otros han incluso perdido.


Hoy comienza la semana 7 de confinamiento y comenzamos a ver un poquito el fin, mañana podremos salir un poquito a ver del cielo y a sentir el aire y el sol sobre nuestro cuerpo.

En todo este tiempo no he escrito nada en el blog, no le veía el sentido porque todo el contenido iba acompañando al contenido de mis clases presenciales, pero es momento de avanzar también en esto, todo cambia, nada es permanente, así que este blog tampoco lo es.

Y quería volver a arrancar con un texto que escribí a las 4 semanas de confinamiento. Un mes, ¿quién lo iba a decir? Comenzamos la séptima semana con las emociones más “controladas” o simplemente más observadas. En mi caso ya no son la montaña rusa que fueron esas 4 semanas.





Estas 4 semanas que te cuento en este texto que escribí, yo que no sé escribir, pero que, en ese momento sentí sacar y plasmar y que hoy siento compartir:


4 semanas ya, 4 semanas de confinamiento. Tan largo y tan corto a la vez. No sé muy bien cómo va a salir esto. No sé escribir, me cuesta muchísimo, lo mío es dibujar y diseñar. Escribir me cuesta mucho pero voy intentar sacar todas las sensaciones, emociones y pensamientos de estas 4 semanas.

Estas 4 semanas se me han pasado voladas, se me pasan los días volando. Por un lado es genial, porque no me da esa sensación de agobio, pero por otro lado me da una sensación de que no me da tiempo. Tantas veces he deseado que se parase el mundo, que ahora que se ha parado tengo la sensación de que quiero hacer muchas cosas y no me va a dar tiempo.

Lo primero, en este tiempo, me estoy permitiendo sentir TODO, no guardarme nada. Que salga todo lo que tenga que salir y cuando salga lo observaré a ver qué me quiere contar.

Estas semanas han sido una montaña rusa de emociones. Cada semana la puedo diferenciar por una emoción primordial. Como te digo, se me ha pasado muy rápido pero si paro a pensarlo, en estas 4 semanas han pasado muchas cosas.



-Semana 1. La novedad y la agitación...


Lo primero que pensé, “qué guay voy a tener tiempo para grabar clases y hacer cursos online, como llevaba ya tiempo dándole vueltas”. Lo bueno es que aquí no ha habido tiempo de procrastinar. Sin miedo, el afán de la perfección lejos, con la tecnología que hay, con lo que tengo me apaño. Lo que quería era acercar el yoga a mis alumnos a un precio simbólico y eso me ayudaba a romper la barrera de la perfección, pero no contaba yo con que se me fuera a hacer tan cuesta arriba. Todo lo que me tenía que pasar me pasó. Pensar que estaba grabando y al terminar la clase ver que no se había grabado nada y tener que repetirla, grabar y perder el audio a mitad de la grabación, tener mala conexión de wifi y tardar la vida en trasladar los archivos del teléfono al ordenador para editar. Aprender a marchas forzadas a editar vídeo. Pensar en cómo colgar las clases, qué tamaño necesitaban, qué calidad, etc. Todo muy caótico pero maravilloso a la vez. Era un reto tras otro que iba superando. Esa semana me levantaba todos los días a las 6:30 AM para que me cundiera el día ya que todo llevaba mucho tiempo. Una noche me metí en la cama pensando que lo dejaba, total, nadie me obligaba a hacerlo. Una vez metida en la cama, al cerrar los ojos, se me ocurrió una solución a uno de los problemas que me estaba bloqueando. Tal cual, salí de la cama y me puse frente al ordenador a probar esa solución. Y sí! Funcionó. Ahí nació #encasaliveitslow.


Fue una semana muy intensa, muy acelerada muchas cosas en la cabeza, muchos, whatsapps, muchos memes, muchas risas, muchas teleconferencias con amigos y familia. De repente tenía más vida social que en el último año. Según los horarios que tengo, que salgo de clase a las 21:00 y al día siguiente empiezo pronto y trabajando también los fines de semana, normalmente no salgo y no bebo alcohol, ni si quiera una cervecita o un vinito en casa. Nada. Pues esa semana cervecita por aquí, cervecita por allá, ahora con unos, ahora con otros y muchas risas. Sin ser muy consciente realmente de lo que estaba pasando y de lo que estaba por llegar…



-Semana 2. El miedo.


Hablando con mi madre una mañana “se le escapó” que no había dormido con mi padre porque él había tenido un poco de fiebre, “nada unas decimillas y ya está”. A los dos días me reconoció que mi padre llevaba toda la semana con fiebre y que estaba muy alicaído, no tenía hambre, estaba muy desanimado y cansado. Nos lo querían ocultar a mis hermanos y a mi para no preocuparnos. Me dijo que le estaba haciendo el seguimiento una doctora del ambulatorio y que no le parecía nada preocupante. Cuando colgué con ella, una sensación se apoderó de mi y empecé a llorar desde dentro, desde muy dentro. Y sólo pensaba, "así no por favor, así no. No se lo merecen. Que se puedan despedir, que se puedan tocar. Así no." Inmediatamente mi mente me llevó al peor escenario imaginable y estuve ahí un ratito. Llorando desde el dolor. Pero gracias al yoga, sé que lo que me dice mi mente no es verdad, sabía que ese pensamiento era falso, que lo único cierto era ese momento presente ese aquí y ahora. Y en ese momento mi padre estaba en casa y todo y nada podía pasar. Así que igual que entré en ese pozo al que me llevó mi mente, salí de él. Y a partir de ahí lo único que importaba era cada día en su presente, a poquito, viendo en qué escenario real estábamos cada día. Aun así, según iba pasando la semana, yo iba teniendo una sensación interna que me decía que algo iba mal. Aunque la doctora parecía no pensar lo mismo.


El día 26 de marzo, al llamar para ver qué tal iba mi padre, él mismo lo cogió y me comunicó que mi tía, la hermana de mi madre, había fallecido en la residencia en la que vivía. Ya estaba muy malita de antes y sinceramente era lo mejor que podía haber pasado. Pero de nuevo, así no, joder! Le dijeron a mi madre que lo más seguro era que la tuvieran que llevar fuera de Madrid para incinerarla y que no podíamos hacer nada. A mi madre se le abrieron dos frentes, la preocupación por mi padre y la pena por mi tía y a mi, a eso se me sumaba la preocupación por ella. A esto se me sumó la preocupación económica, como dice un amigo mío “Todo mal”. Pero, en vez de preocuparme fue el momento de ocuparme y buscar una solución, no podía gastar mi energía en eso, había algo más importante. Mi padre iba a peor 38-39 de fiebre y mucha tos. Decidí que yo misma le llevaría al hospital para que le hicieran una placa. Lo consulté con mis hermanos y en media hora estaba metiéndole en un taxi para llevarle al hospital. Le hicieron placa y analítica y la doctora me dijo que según los resultados tenía una neumonía bilateral producida por el Covid-19 y se tenía que quedar ingresado. En ese momento, esa sensación tan pesada de que algo iba mal se desvaneció, desapareció y me inundó una sensación de calma brutal. Estaba donde tenia que estar, ahora todo iba a ir bien, allí le iban a cuidar.



-Semana 3. La calma.


Todo iba bien. Calma total. Comencé a compartir clases online. Necesitaba ver a mis alumnos, compartir desde algo más cercano y más humano. Fue una semana en la que hice piña con mi madre, hablábamos 3 veces al día, cuando normalmente hablábamos los jueves por la noche y comía algún sábado en su casa. Soy una persona muy independiente que además me gusta estar sola y esa semana, desde la calma, me apetecía abrirme y compartir. Me importaba que mi madre estuviera bien mientras mi padre estaba en el hospital y me importaba que mis alumnos pudieran continuar con su práctica de yoga. Desde esa calma sólo me salía ayudar y compartir.




-Semana 4. La alegría.


A mitad de la semana mi padre salió del hospital, casi como nuevo así que, como imaginarás, alegría total. Ya ha pasado todo.


Con esa alegría y sin saber cuándo se va a acabar esto, tengo ganas de hacer más cosas, pero sin la agitación de la primera semana, todo se está asentando. Estoy a gusto, estoy bien. Todo está bien. Tan bien que incluso empiezo a tener un poco de Síndrome de Estocolmo. Me siento tan bien que no me apetece nada volver a la normalidad, otra vez con las prisas, otra vez de un lado a otro recorriendo Madrid de punta a punta en el metro por poco dinero. Esto me indica que tengo que hacer cambios en esa vida que tenía. Si no quiero volver a la vida “normal” es porque algo tendré que cambiar. Y eso es muy guay porque este parón me ha ayudado a verlo. Cuando estamos en la rueda del hámster no vemos nada. Estoy bien conmigo misma, me estoy conociendo mucho y me gusto. Sé qué quiero para mi y qué no.


Todo a poquito se irá colocando en su sitio. Así que soy de aquellas personas que piensan que esto, a parte de lo terrorífico que está siendo a nivel sanitario y económico, a mi me está viniendo bien. Estoy contenta con lo que tengo, estoy agradecida por lo que tengo. Estoy bien y sé que puedo estar mejor. Sé que la vida son etapas y que unas son mejores y otras peores. En unas nos gusta estar y en otras no tanto, pero todas son necesarias. Así que con alegría, sigo el camino a ver dónde me lleva.



Y ahora comienza esta semana 7 con otras realidades y con otras sensaciones porque, como decía al principio, todo cambia, nada es permanente. Y eso es lo bonito de la vida. A ver qué sorpresas están por llegar…. Si son buenas las disfrutaré y si son malas las aceptaré desde lo positivo y sabiendo que eso también está bien y es necesario. Curioso este juego de la vida.


Cuando pase todo esto ninguno vamos a “volver a la normalidad”, como dice mucha gente. No vamos a “volver” a ningún sitio porque no es necesario volver, el camino es hacia delante y otro nuevo camino nos espera. Y está bien que sea así. Simplemente confía.




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